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Escrito por Kathy Reagan, voluntaria del Ministerio Hermana Rosa de Hierro en Texas
He sido jardinera durante muchos años. ¿No es maravilloso cómo Dios nos enseña lecciones de vida usando Su creación?
Planté un gran huerto hace varios años, junto con mi nuera, Sharon. Un amigo con un tractor vino y despejó un espacio enorme para nosotras. ¡Estábamos tan emocionadas! Nos llevó dos días enteros de trabajo plantar todo lo que queríamos cultivar, incluyendo arbustos de arándanos, una buena selección de hierbas, una gran variedad de verduras e incluso algunos árboles frutales. ¡Ya notábamos el sabor de las frutas y verduras! ¡E imagina la deliciosa variedad de cenas con esas hierbas frescas!
Resulta que ese año fue el verano más lluvioso desde que se tienen registros. Todos los días nublados, con muy poco sol durante todo el verano. (¡Y eso era muy raro en nuestra zona de Colorado!) No hace falta decir que tuvimos muy poco fruto de nuestro enorme huerto; solo unas cuantas zanahorias, si no recuerdo mal.
¿Qué podemos aprender de esta experiencia?
¡Nosotros, como un huerto, necesitamos sol para crecer y dar fruto! La Palabra nos dice "...crezcan en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo" (2Pe 3:18a NVI). Vemos que es la voluntad de Dios que crezcamos en nuestro camino espiritual con Él. De hecho, es nuestro privilegio y alegría mirar atrás y ver el crecimiento espiritual en nuestras vidas.
Nuestro objetivo es alcanzar la madurez espiritual para poder dar fruto, estando establecidos en nuestra fe, con raíces que profundizan y nos anclan a nuestro Creador (Col 2:7).
Y al igual que mi huerto, nuestro crecimiento hasta la madurez requiere luz.
Veamos la definición de luz: brillo perfecto, resplandor puro.
"Dios es luz y en él no hay ninguna oscuridad " (1Jn 1:5b).
¿Cómo nos alimentamos de la Luz para crecer?
- Anhelamos la leche pura de la Palabra. "deseen con ansias la leche espiritual pura, como niños recién nacidos. Así, por medio de ella, crecerán en su salvación" (1Pe 2:2). Como un bebé anhela la leche de mamá y la necesita para sobrevivir, nosotros anhelamos ser alimentados por la Palabra de Dios, Su enseñanza. Así como un jardín recién plantado extrae su alimento de la luz para crecer, nosotros nos damos un festín con la luz de Jesús en la Palabra de Dios.
- Caminamos en la luz. “Porque ustedes antes eran oscuridad y ahora son luz en el Señor. Vivan como hijos de luz (el fruto de la luz consiste en toda bondad, justicia y verdad) y comprueben lo que agrada al Señor" (Ef 5:8-10). La gloriosa luz de Dios nos calienta, nos alimenta, nos guía e ilumina nuestro camino. " Tu palabra es una lámpara a mis pies; es una luz en mi sendero" (Sal 119:105).
- Aplastamos la oscuridad. Recuerda que "Dios es luz y en Él no hay ninguna oscuridad". Así que, mientras intentamos descubrir qué le agrada:
- Necesitamos arrancar las malas hierbas que aparecen constantemente en nuestras vidas. “…despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia y corramos con perseverancia la carrera que tenemos por delante" (Heb 12:1).
- La poda es necesaria. "Por tanto, hagan morir todo lo que es propio de la naturaleza terrenal: inmoralidad sexual, impureza, bajas pasiones, malos deseos y avaricia, la cual es idolatría" (Col 3:5). Así como podamos las zonas débiles de nuestras plantas sanas para mantenerlas en buen crecimiento, ¡a veces tenemos que podar nuestras propias vidas!
Cuando alcanzamos la madurez espiritual, la Luz no puede evitar brillar intensamente en nosotros, y bendecimos al mundo al ver a nuestro Padre en nosotros y sentirse atraídos por Él.
Ustedes son la luz del mundo. Una ciudad en lo alto de una montaña no puede esconderse. Tampoco se enciende una lámpara para cubrirla con una vasija. Por el contrario, se pone en el candelero para que alumbre a todos los que están en la casa. Hagan brillar su luz delante de todos, para que ellos puedan ver las buenas obras de ustedes y alaben a su Padre que está en los cielos. (Mt 5:14-16)
Al igual que en mi huerto, cuando la luz está obstruida o limitada, el crecimiento se ralentiza hasta casi irrumpir, y puede que no haya ningún fruto — o incluso muerte.
Hermanas, permitidme animarnos encarecidamente a todas a dejar que la Luz brille intensamente dentro de nosotras cada día, alimentando nuestros espíritus en la Palabra de Dios, caminando cada día en la gloriosa luz del ejemplo de Jesús y haciendo un inventario regular de nuestro propio crecimiento espiritual para poder erradicar constantemente el pecado que quiere crecer lentamente a nuestro alrededor y asfixiarnos.
Entonces la gloriosa luz de Jesús brillará de nosotras para bendecir al mundo y a los que nos rodean, y daremos fruto y seremos agradables al Padre de las luces (Stgo 1:17).
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Escrito por Abigail Adriana Loayza Becerra, voluntaria del Ministerio Hermana Rosa de Hierro en Cusco, Peru
Más bien, al vivir la verdad con amor, creceremos hasta ser en todo como aquel que es la cabeza, es decir, Cristo. Por su acción todo el cuerpo crece y se edifica en amor, sostenido y ajustado por todos los ligamentos, según la actividad propia de cada miembro. (Ef 4:15-16)
Mi Padre es glorificado cuando ustedes dan mucho fruto y muestran así que son mis discípulos (Jn 15:8)
¿Cuántas veces hemos escuchado o hemos dicho "Ese no es mi don"?
Muchas veces decimos eso cuando alguien nos invita a servir, a enseñar, a evangelizar o incluso ayudar... sin darnos cuenta, esa frase se convierte en un atajo para evitar el compromiso y en una excusa para no participar en la misión que Jesús nos dejó. Es cierto que Dios nos ha dado distintos dones, la Biblia nos dice que el cuerpo de Cristo está formado por muuuchas partes y cada una cumple una función diferente, algunos enseñan, otros animan, otros sirven, otros lideran otros muestran misericordia, etc., etc. y tener dones diferentes no significa que algunos creyentes estén exentos de dar fruto o de hacer discípulos.
Efesios 4 nos explica que cada miembro del cuerpo aporta algo indispensable para la edificación de la Iglesia. Cuando cada miembro utiliza los dones que Dios le ha dado, el cuerpo crece, se fortalece y refleja el amor de Cristo. El problema empieza cuando escondemos nuestros talentos detrás de frases como "ese no es mi don", "no soy buena para eso" o " mejor que lo haga otra"… muchas veces no es falta de capacidad, sino temor, comodidad o inseguridad o falta de disposición.
Jesús tampoco dijo que solo algunos debieran dar fruto. En Juan 15:8, Él afirma que el Padre es glorificado cuando damos mucho fruto y demostramos que somos sus discípulos. Dar fruto no solo significa predicar desde un púlpito, nosotros damos fruto cuando discipulamos a una persona, cuando servimos con alegría, cuando mostramos hospitalidad, cuando escuchamos al que necesita consuelo, cuando administramos bien nuestros recursos o usamos nuestras habilidades para poder bendecir a otros.
Los dones que Dios nos da no son para beneficio propio, sino para la edificación y crecimiento de la Iglesia, para que otros conozcan a Cristo. Cada don, cada talento puede ser una herramienta para que el Reino de Dios se extienda. Muchas veces esperamos sentirnos preparados para servir, pero si estamos dispuestos a usar los dones que Dios nos dio puede capacitarnos mientras actuamos en obediencia (como Moisés, Débora, Gedeón y muchos más).
Tal vez tu don sea enseñar, cantar, animar, evangelizar, organizar, cocinar, escribir, escuchar, administrar, etc. Ningún don es pequeño cuando se usa con amor, disposición y, sobre todo, con la intención de glorificar a Dios. Una de las cosas más importantes no es andar comparando dones, sino ser fieles a Dios con los dones que Él nos ha confiado.
Cuando dejamos de poner excusas y servimos con disposición y con intención, y cuando cada miembro decide ocupar el lugar que Dios preparó para él, descubrimos que Dios puede hacer más de lo que podemos imaginar y así vemos vidas transformadas, vemos la Iglesia crecer, vemos personas siendo fortalecidas. No permitamos que la frase "ese no es mi don" nos impida obedecer el llamado que Cristo tiene para nosotros, sino que mejor preguntémonos: "¿Cómo puedo usar lo que Dios ya puso en mis manos para dar fruto y hacer discípulos?" Igual, al final, no seremos recordados por los dones que teníamos, sino por nuestra fidelidad al usarlos para la gloria de Dios.
¿Qué don, talento o habilidad te ha dado Dios que quizás has estado dejando de lado por miedo o por excusas, y cómo puedes empezar a usarlo intencionalmente para dar fruto y hacer discípulos esta semana?
